COMITÉ DE la VIDA eSPIRITUAL

 

SIERVOS MISIONEROS DE LA SANTISIMA TRINIDAD

 

Reflexión Mensual: Julio 2003

 

La Virtud de la Prudencia

por

Rvdo. Víctor Santiago, S.T.

 

     La virtud de la prudencia es de suma importancia en la vida del Cenáculo Misionero. La prudencia tiene que ver con santidad, y ya lo dice Levítico 19:1, nuestra vocación es ser santos, porque nuestro Dios es santo. La primera vocación de los miembros de la Familia del Cenáculo Misionero es ser santos.

 

        Ya desde el principio de la vida del Cenáculo Misionero, el Padre Judge nos invitaba a ser prudentes en todo momento, pero particularmente al hablar (Constitución Original, Arts. 158-163; MF 14310-11). Escribiendo a un siervo misionero le dice: Un siervo misionero debe tener un sentido de honor, fidelidad, una conciencia delicada al hablar. Debe ser discreto, cuidadoso, no prestarse a ser instrumento del espíritu maligno para crear daño, debe aprender a guardar secretos. Y añade: La plaga de una casa religiosa y el más grande enemigo de la paz es el traficante de chismes y murmuraciones.

 

       Prudencia tiene que ver con discreción, moderación en el actuar, docilidad para corregir, dominio propio, rectitud en el proceder, buscar claro discernimiento, adentrarnos en el saber y conocer lo útil de lo perjudicial para obrar conforme a lo que profesamos. Y yo añadiría, pedir consejo. Todo esto se resume en santidad.

         Cuando en el Cenáculo Misionero buscamos ser sabios y prudentes, comenzamos a ser consecuentes y congruentes con nuestra profesión religiosa, en la visión del Padre Tomás Agustín Judge.

 

         Me parece que cuando el Padre Judge habla de prudencia, más bien es una invitación que nos obliga a meditar nuestro estilo de manejarnos, a evaluar nuestro proceder, a reflexionar sobre nuestros actos. El saber hablar y callar en el momento oportuno.

 

       Imagínate cuanto bien seriamos y haríamos, si aprendiéramos a escuchar mas que hablar, si nos diéramos a meditar cada uno de nuestros actos antes de movernos al que hacer. Si fuéramos más discretos con la información que manejamos. Seriamos esa fuerza de bien que tanto necesita la iglesia hoy día.

 

       El hombre sabio y prudente se expone con sencillez de corazón, con juicio recto confronta sus interrogantes, se afana por elegir los mejores medios para alcanzar fines buenos. Pero más aun, el hombre prudente tiene un profundo temor de Dios. De esta manera obtiene armonía consigo mismo, haciéndose vulnerable a otro. Esta armonía es la que nos posibilita captar a las otras personas con reverencia, incluso nos posibilita corregir con caridad. La armonía y dominio de nuestros pensamientos, deliberaciones y juicio, nos conducen a ser bienaventurados; felices cuando nos dominamos dejamos de señalar faltas, buscando mas bien la verdad, el bien. Todo nuestro entorno cambia de manera extraordinaria. La santidad deja de ser algo lejano por conseguir, se convierte en una experiencia viva, real, y practica.

 

        En la vida del Cenáculo hablamos de consejo; buscar buen consejo. ¿Quien más para dar buen consejo y ayudar a los otros en sus deliberaciones que las personas prudentes? Sus consejos serán siempre útiles pues, como dice San Agustín, se fundamentan en la memoria del pasado, la inteligencia del presente y la claridad de los futuros sucesos. Su objetividad procede de la búsqueda de la verdad y del delicado respeto hacia el individuo. Sin acobardarse hablan su verdad. Son apasionados defensores de los derechos del pequeño, honestos y transparentes, conocen los limites establecidos, perseverantes en la acción no se frustran ante las contradicciones y mentiras. Saben indagar la verdad sin prolongar los asuntos. Reconocen sus muchas limitaciones, saben esperar, están concientes de su humanismo.

 

          En definitiva, necesitamos seguir creciendo en esta gran virtud del Cenáculo Misionero.

 

 

Preguntas para reflexionar:

 

1.           ¿Qué tan conciente estoy de esta virtud en mi vida?

2.           ¿Entiendo las implicaciones prácticas de esta virtud?

3.           ¿Cómo promover esta virtud en la vida del Cenáculo?