Comite de Vida Espiritual

 SIERVOS MISIONEROS DE LA SANTISIMA TRINIDAD

 

Reflexión mensual: Abril 2004 

EL CONOCIMIENTO DEVOCIONAL Y UNA RELACIÓN AMOROSA CON JESÚS

Rvdo.  Louis E. Murphy, S. T.

 La fidelidad a una relación de amor con el Señor Jesús es un elemento esencial de la vida del siervo Misionero de la Santisima Trinidad.Actas del XII Cenáculo General de los Siervos Misioneros de la Santisima Trinidad, 2003.

Existe un conocimiento científico, como hay conocimiento teológico y conocimiento profesional; y también existe ese conocimiento íntimo nacido de nuestra experiencia personal  y de los profundos procesos internos que son propios de mí y de ti. ¿Qué tipo de conocimiento es ese? ¿De dónde proviene?

Si por nuestros votos y nuestra profesión de religiosos hemos de desarrollar una relación de amor con Jesús, ese hecho debe ser evidente en nuestras vida de modo que un observador me reconozca como una persona que ama a Jesús y que por esa razón he dejado hogar y posesiones para seguirlo. Mi vida debe proclamar el evangelio que he aceptado. Esa es la señal externa de que amo a Jesús. Sirve para identificarme como Siervo Misionero.

¿Qué ha pasado y que está pasando en mi interior para inspirarme un amor que lleva a un compromiso siempre en aumento? ¿Se trata de la gracia? ¿Hay algún tipo de conocimiento que me guíe a Jesús y que solidifique esa relación? ¿De dónde proviene? ¿Cuál es la naturaleza de esa relación con Jesús que me ha llevado a continuar ese compromiso y a involucrarme en una más profunda y más personal relación con Jesús?

Estamos hablando aquí de tratar de desvelar un elemento esencial de nuestra identidad como Siervos Misioneros de la Santísima Trinidad. Se trata de algo ¿puede ser un cierto tipo de conocimiento que me ha formado? —¿que me identifica personalmente? ¿como perteneciendo a un grupo?  Es un conocimiento profundamente personal y, a la vez, un conocimiento que comparto con mis hermanos en comunidad y que sirve para —en gran parte— identificarnos como grupo. Sea lo que sea, lo que es una parte de nuestra espiritualidad como Siervos Misioneros tiene una parte importante en nuestra identidad.

Hace años, antes de darme cuenta que tales “identificadores espirituales” serían discutidos públicamente, una religiosa me preguntó cuál era nuestra espiritualidad – es decir, de los Siervos de la Santísima Trinidad. Yo debía haber sido capaz de responder en una o dos frases que pudieran describirle cuál era la espiritualidad trinitaria. Me quedé sin palabras. Ella me agarró desprevenido. No sabía que decir. Pero ahora tendría una respuesta para ella –y creo que sería una respuesta auténtica. Sería que una de las claves de nuestra espiritualidad es que nos esforzamos por alcanzar un conocimiento devocional de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Y que ese conocimiento nos hace mejores misioneros.

Este conocimiento devocional nos llega a través de la oración. Nace de la meditación, de la reflexión, de la contemplación devocional de los misterios de la Trinidad y de la Encarnación. Por lo general este conocimiento no nos llega a través del estudio, a menos que sea que hemos meditado en las observaciones hechas por otros que han llegado a ese conocimiento a través de la oración y la reflexión. Es a ese conocimiento devocional que el Padre Judge nos ha llamado, y nos llama a ese conocimiento devocional desde dentro de esa profunda y personal relación que tenía particularmente con el Espíritu Santo y con la Palabra Encarnada. Es en este conocimiento devocional que vamos a comunicarnos con nuestro Fundador en un terreno común.  Eso identificaba su relación con Dios y debería identificarnos con él y identificarnos a todos nosotros como Siervos Misioneros de la Santísima Trinidad.

En todo este asunto de la identidad no se trata de intentar definirnos completamente desde cero. Más bien, se trata de adaptar nuestro yo individual y corporativo a lo que es nuestra identidad. La Declaración de nuestro cuarto Cenáculo General de 1968, la primera de una serie de renovaciones, inició la búsqueda de nuestra identidad y dejó establecido en que consiste nuestra identidad como Siervos Misioneros de la Santísima Trinidad:

Puesto que la renovación es, ante todo, una sincera y prolongada mirada hacia el interior bajo la vigilancia del Espíritu Santo, debemos empezar una examinación rigurosa en nuestro interior para descubrir nuestra identidad. La adaptación, que es la consecuencia lógica de una verdadera renovación, se realizará sólo después de este necesario proceso. Las herramientas principales para nuestra renovación son: un continuo regreso a las fuentes de la vida cristiana; un examen constante de la inspiración original de nuestra comunidad religiosa, incluyendo las intuiciones básicas de nuestro fundador y las tradiciones válidas que se originaron del impulso original del instituto; los desarrollos evangélicos y teológicos contemporáneos; las circunstancias nuevas y cambiantes del mundo. (Mis itálicas) Declaraciones,1.

Una palabra clave en el pasaje citado es adaptación, que es una respuesta personal a la llamada a renovarnos. Es entre los miembros del grupo que la renovación sucede y para que la renovación ocurra tiene que haber adaptación entre los miembros.

El padre Vincent Fitzpatrick, en su reciente reflexión en enero de este año sobre el asunto de nuestra identidad de Siervos Misioneros, sostiene que

“A partir de Vaticano II hemos agotado todo lo que teníamos que decir acerca de lo que se llama ‘carisma.’ La identidad es la expresión del carisma en la vida del individuo y la Comunidad…

Lo que buscamos en los temas de identidad no es tanto los fundamentos ya adecuadamente expresados en nuestros documentos. ¿Cómo se renuevan estos fundamentos en las nuevas aplicaciones que demandan las cambiantes circunstancias en la vida y la misión del Siervo Misionero? El yeso que se echa a un molde no sufre un cambio radical. Se adapta a la forma del molde.”

Parte del asunto de la Identidad es no buscar una nueva identidad sino adaptarnos a la identidad de Siervo Misionero. Es decir, yo no me identifico como un hombre casto intentando redefinir la castidad. Trato de llegar a ser casto imitando la castidad de Jesús y adaptándome al modelo que Él me ofrece. Tampoco llego a ser Siervo Misionero buscando infinitamente algo nuevo, sino aceptando lo que me identifica a mí como Siervo Misionero y tratando con todo mi corazón de llegar a ser, cada día más, lo que la regla de Vida y la Constitución, y sí, el Directorio, me dicen que sea. El Cenáculo General de Junio de 2003 me llama a esta identidad, describe sus elementos y enumera las cosas que hacen difícil practicarla en nuestros días. No me pide que reinvente lo que es ser Siervo Misionero. Uno de los elementos esenciales de mi identidad que enumeran las actas del Duodécimo Cenáculo General es tener una relación amorosa con Jesús.

¿En qué consiste esta la relación amorosa para un Siervo Misionero de la Santísima Trinidad? Y ¿cómo puedo llegar a poseer esta relación y a que ella me posea?

El Padre Judge pensaba que el deseo de tener un conocimiento devocional de la Encarnación nos llevaría a la reflexión sobre Belén y buscar un encuentro personal con el nacimiento de Jesús—su existencia con nosotros como niño—y eso, a su vez, nos llevaría a nosotros, como Siervos Misioneros, a preocuparnos por los niños y su bienestar espiritual. El Padre Judge era un soñador de sueños, pero él tenía corazón de misionero y aplicaba los frutos de su meditación a la realidad práctica que lo rodeaba.

Yo mencioné antes que nuestro conocimiento devocional nos lleva a ser mejores misioneros. Mientras reflexionamos sobre el propósito misionero de nuestro instituto religioso, resuena en nosotros el tercer párrafo de nuestra Regla de Vida que define lo que somos, en el sentido de nuestro propósito, “ante todo aspiramos aglorificar al Dios Trino”. Luego la Regla sigue y dice que nosotros: “Seguimos lashuellas de los apóstoles, quienes, llenos del Espíritu Santo, salieron del Cenáculo a propagar por todas partes el conocimiento y el amor de Jesús.”

Nihil dat quod non habet. Ya que no podemos dar lo que no tenemos, es evidente que cada Siervo Misionero tiene que comprometerse y dedicarse a crecer en el conocimiento y en el amor de Jesús.

Me ha intrigado siempre el énfasis cíclico del llamado a la oración y a la meditación de los Siervos Misioneros, la oración y la meditación que tienen que engendrar el conocimiento devocional; que ellas nos llevarían al apostolicidad, y que, a su vez, nuestros esfuerzos apostólicos nos llevarían de vuelta a la oración y meditación en la cual nosotros hallaríamos la fuerza y la energía para el apostolado. (Regla de Vida, párrafo 9).  El Padre Judge mismo es un testimonio vivo de esta relación dinámica entre la oración y el apostolado. Él nos enseña que los movimientos del corazón y de la mente que encontramos en la oración no están destinados sólo para nosotros, sino para promover entre nosotros la iniciativa apostólica y la aplicación a las obras apostólicas concretas hacia las cuales nos mueve nuestro conocimiento y amor de Jesús.

El espíritu del Cenáculo es el espíritu cristiano de “la fe que obra por amor” (Gal 5:6). Tenemos que profesar en nuestros corazones los misterios de la fe: la Trinidad, la Encarnación y la bendita presencia del Espíritu Santo. Aspiramos a un conocimiento devocional de estos misterios; esto es, una fe profundamente personal e íntima que no descansa hasta encontrar expresión en buenas obras; nuestras buenas obras, a su vez, alimentan nuestra vida de creyentes y dan frutos en la santidad apostólica. Regla de Vida, #9.

Ustedes han sido tan iluminados en el misterio de la Encarnación. Ustedes han sido instruidos por tanto tiempo, y con tanta insistencia sobre esta manifestación del amor divino. Ustedes, de hecho, han sido interiorizados tan íntimamente en el conocimiento del plan de Dios de redención del mundo, y han sido, por así decirlo, acogidos por la Sagrada Familia misma. Podemos darnos a la santa alegría pensando en esto, porque el conocimiento devocional de un misterio se puede considerar como una señal del favor de Dios. Dije, el conocimiento devocional; esto quiere decir un conocimiento que engendra fruto y que obra en espíritu de caridad... El conocimiento, sin embargo, no basta; porque los ángeles rebeldes sabían y ahora están perdidos. Entonces, oramos más, “Enciende mis afecciones.” En otras palabras, levanta mi deseo, y hazlo buscar Tus caminos para que yo haga el bien. Esto es, entonces, lo que yo llamaría el conocimiento devocional. Estemos preocupados para que el conocimiento engendre fruto, porque recuerden que el Señor maldijo la higuera estéril.Thomas Augustine Judge, C.M. La Conferencia por Carta para los Siervos Misioneros—sin fecha—MF2395-2397. 

¿Adónde nos lleva, entonces, el conocimiento devocional y la consecuente relación amorosa con Jesús? El Padre Judge responde a esta pregunta:

Demos gracias a la misericordia divina, porque esta gracia, que es conocimiento devocional, abunda en el Cenáculo ya que, ante todo, es nuestro labor guardar el misterio (de la Encarnación). Esto nos ha sido confiado por la Santa Madre Iglesia, y es verdad, mil veces verdad, que nosotros no somos dignos de tal trabajo celestial y, sin embargo, una de las metas particulares de nuestra institución es atesorar amor y devoción al misterio de la Encarnación. Lo decimos así: ensalzaremos el Sagrado Nombre de Jesús, lo que significa que con todo el corazón y todo el alma, de todas maneras posibles, nosotros cobijaremos el amor de Jesús en nuestros corazones y  trabajaremos para encender un amor así en los corazones de los otros, propagando el conocimiento nuestro Salvador, nuestro Señor, nuestro Rey y nuestro Dios.  La Conferencia por Carta para los Siervos Misioneros—Dic. 15, 1926—MF8629-30.

Ya que ustedes, estando en el Cenáculo Misionero, están en la familia de la Encarnación. Sus Constituciones los comprometen a una devoción particular hacia este misterio, y este compromiso significa que, ante todo, ustedes deben aceptar este misterio honestamente y seriamente en sus corazones. Ustedes son educados para adorar las misericordias, la sabiduría, el amor de Dios Trino en su misterio, agradecerle por eso, y ensalzar el Sagrado Nombre de Jesús y felicitar a Su Inmaculada Madre María y estar trabajando por el privilegio de adorar el Verbo hecho Carne junto con Ella... ¿Cuál es la gran cosa que ustedes van a hacer por su Salvador este año que viene? Esta cosa es tan grande, que les puede hacer daño hacerla, y puede exigir un gran autosacrificio. No generalicen, porque las generalizaciones no pueden significar más que tópicos. No ofrezcan meras elevaciones espirituales.La Conferencia por Carta para los Siervos Misioneros—sin fecha—MF 2395-2397.

Si quisiéramos hacer algo para agradarle... entonces acojan a un niño en su afecto y, en nombre del Niño Divino  de Belén, guíen a este pequeño según las enseñanzas de Jesús. El quiere que este niño esté protegido, acogido, instruido, albergado, ante todo para beneficio de su alma... Decidan ya sea ustedes mismos ayudarlos, o ayuden a alguien a atraerlos al Niño Jesús. Artículo—La Revista Holy Ghost (Espíritu Santo)-Dic.1929-MF 11637-38.

¿Quien no verá la afinidad de pensamiento y de preocupación entre el llamado del Padre Judge y el de Juan Pablo II en su Mensaje Cuaresmal del 2004?:

El tema de este año—“Quien reciba en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí” (Mateo 18:5)—nos invita a pensar sobre la condición de los niños. Hoy Jesús continúa llamándolos, y dando un ejemplo a todos quienes quieren ser Sus discípulos. Las palabras de Jesús nos llaman a considerar como los niños son tratados en nuestras familias, en la sociedad civil, y en la Iglesia. Ellos son también una inspiración para redescubrir la simplicidad y confianza que los creyentes tienen que cultivar a imitación del Hijo de Dios, quien compartía el destino de los pequeños y de los pobres.  Santa Clara de Asís gustaba de decir que Cristo “nació en un pesebre, vivió pobre en la tierra y murió desnudo en la Cruz.”

Jesús tenía un amor particular por los niños a causa de su “simplicidad, su alegría de vida, su espontaneidad, y su fe llena de maravilla” ... Por eso, Él quiere que la comunidad abre sus brazos y sus corazones a ellos, igual que lo hizo Él: “Quien reciba en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí.” (Mateo, 18:5). Al lado de los niños Jesús coloca a los “más pequeños de los fieles”: los sufrientes, los necesitados, los hambrientos y los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos, y los encarcelados. Aceptándolos y amándolos, o tratándolos con indiferencia o despecho nosotros mostramos nuestra actitud hacía Él, porque es en ellos que Él está especialmente presente.”  Mensaje Cuaresmal de Juan Pablo II, 2004.

Hoy día, especialmente para los hombres miembros del Cenáculo Misionero, los esfuerzos apostólicos con los niños pueden parecer más un campo minado que un campo de siembra. Sin embargo, he aquí que el Santo Padre nos llama a hacer lo que nuestro fundador nos pedía estar preparados para hacer: “Salva a un niño y lo salvas todo.” Podemos preguntarnos ¿qué podemos hacer nosotros, como Siervos Misioneros, por los niños de hoy?  Esto, entre otros retos, sería la aplicación práctica de nuestra identidad como misioneros que tienen el conocimiento devocional de, y una relación amorosa con Jesús, que nos lleva desde la reflexión contemplativa hacia la aplicación apostólica.