Adicción al Trabajo
Rvdo. Edwin Dill, S.T.
¿Adicción al trabajo? Con seguridad es algo mejor que la adicción a la televisión, a las apuestas o que estar echado en el sofá, ¿no es cierto? De hecho, cuando se usa la frase “adicción al trabajo” con frecuencia se hace entre los dientes o con un guiño mental de desaprobación. Es una de aquellas fallas “si, pero…”, como la práctica de la excesiva penitencia o como ser “generoso por error”, aquello que muy en el fondo pensamos que tiene una base de sólida virtud.
Pero el trabajo, aún el más celoso, inteligente e importante trabajo, puede ser exagerado. Antes que dirigir nuestras energías e interés, puede ser algo que usamos para definirnos a nosotros mismos. Puede ser usado para llenar un vacío de sentimiento en nuestras vidas, un vacío que no podemos nombrar. Puede sustituir a otras tareas u obligaciones a las cuales tan sólo no nos queremos enfrentar. Esta condición es fomentada y exacerbada – al menos en la cultura estadounidense – por la filosofía del hombre hecho por sí mismo, por el mito de que el trabajo duro vence todos los obstáculos. A pesar de los católicos que podamos ser, todos somos víctimas de lo que simplemente se llama “la ética protestante del trabajo”.
He ahí por qué el Duodécimo Cenáculo General hizo hincapié en la “adicción al trabajo” como uno de los “retos de nuestro apasionado deseo de ser fieles a la vida de los votos”. (Acts XII, 1,1) Dice que esta adicción es una de las cosas que amenazan “la viabilidad de nuestra vida juntos como religiosos…” ¿Cuál es el sentido, después de todo, de tratar de desarrollar nuestras vidas como hombres religiosos, hombres de oración y de fraternidad, si nuestro trabajo – mi trabajo – lo es todo?
No sé si podría llamar a Marta (la de las hermanas María y Marta) adicta al trabajo, pero las palabras de Jesús para ella y para su ocupación serán la forma en la cual el Evangelio advierte a todos a quienes trabajan con exageración: “Marta, Marta, por qué te afanas y disgustas por tantas cosas, cuando sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor, y no le será quitada”. (Lucas 10,38-42) Es lo que el Duodécimo Cenáculo General está diciéndonos, que tomemos tiempo para enfocarnos en nuestra vida como religiosos, en nuestra identidad de Siervos Misioneros de la Santísima Trinidad, es lo que se necesita y no tenemos que dejar que nuestro trabajo sea una excusa para eludirlo.
Jesús practicaba lo que predicaba a María tomando tiempo, plenitud de tiempo si se quiere, para comulgar con Su Padre en oración. Creo que es seguro presumir que parte de tal tiempo era para reflexionar en su misión de proclamar el Reino de Dios. Él no permitía que la presión de las multitudes o que las demandas de los peticionarios le determinaran su tiempo para Sí mismo y para sus compañeros.
La adicción al trabajo es probable que tenga diferentes raíces para los diferentes adictos, pero una de las más obvias es la orgullosa convicción de que el trabajo que nos
ha sido asignado simplemente no puede funcionar sin nosotros, y que no hay ninguno, al menos uno disponible, que pueda hacer un trabajo tan bueno como nosotros podemos hacerlo. Otra es la incapacidad o la falta de voluntad para sosegarnos y permitir el momento para que Dios nos hable. Como consecuencia, tenemos que llenar todo el tiempo con actividades. Blaise Pascal, el matemático y filósofo del siglo 17, sin duda lo simplificó cuando dijo que todos las miserias de los hombres derivan de no estar disponibles para sentarse solos, en un salón silencioso; pero el Duodécimo Cenáculo General nos dice que es verdad que nuestra tendencia a estar afuera y a propósito y ocupados todo el tiempo, está destruyendo nuestra capacidad para el compromiso profundo como hombres religiosos y como Siervos Misioneros de la Santísima Trinidad que tienen un profundo entendimiento de lo que ello significa.
Uno de los signos seguros de que soy un adicto al trabajo es darme cuenta que lo estoy usando para evitar la plegaria personal y comunitaria, las reuniones comunitarias, los días regulares de descanso y por completo los retiros anuales. Urgiéndonos a ser más reflexivos acerca de nuestra vida como religiosos y Siervos Misioneros, el Duodécimo Cenáculo General hace sugerencias específicas, algunas de las cuales dirigen a la Administración General a la acción y todas nos desafían a todos a tomar en serio “el proceso de reflexión para las reuniones de la casa, las pequeñas reuniones de cofrades, las reuniones regionales y de la Familia del Cenáculo Misionero, los retiros…” y a “comprometerse en este proceso de reflexión sobre una base regular de compartir la fe y a la metodología conversacional”. (Actas XII,1,1, B & C)
Tomar estas sugerencias en serio, teniendo un compromiso de crecimiento en nuestra vocación como hombres religiosos, demanda un entender balanceado y un encajar en nuestras vidas, tan sólo lo justo de donde trabajar – y que tanto.
Preguntas para la reflexión personal:
× En la prioridad de mis actividades diarias, ¿en donde encaja mi plegaria personal – no incluyendo el Oficio de la Eucaristía?
× ¿Tengo quizás un poco de Complejo de Mesías, pensando que nadie puede hacer el trabajo tan bien como yo puedo, o que la calidad del trabajo ha sufrido en los lugares que he dejado?
× ¿Tomo tiempo para el descanso legítimo y para la recreación?
× ¿Cuál son, si las tengo, las excusas para no asistir a las reuniones ST?