Siervos Misioneros de la Santísima Trinidad

Comité de la Espiritualidad / Identidad Religiosa

Responsabilidad

Paul Michalenko, ST

Reflexión Mensual - abril 2006

            En 1982 siete personas murieron de forma misteriosa en la parte oeste de Chicago. La causa fue determinada como cianuro (veneno) enlazado con aspirina, Tylenol Extra-Fuerte. El producto era producido por la Compañía Johnson y Johnson. Las noticias se difundieron con rapidez acerca de los incidentes y motivaron pánico masivo a lo largo de los EEUU. Era claro que los productos contaminados no provenían de las plantas de producción. Alguien compró las aspirinas, les añadió el veneno y las reemplazó en los estantes de los almacenes. Nunca antes Johnson y Johnson habían encarado el dilema de cómo responder con sus ingresos, su integridad y con toda la corporación en juego. Tylenol era el remedio más lucrativo en el mercado.

       La Junta Directiva y sus vicepresidentes se movieron rápido y con decisión. Contrataron camiones con parlantes a todo volumen, para recorrer los barrios alertando a los residentes acerca del veneno agregado a la aspirina, por si acaso no hubiesen oído o visto las noticias. Ayudaron a la policía. Buscaron a las familias de las víctimas. Pero lo que más impactó a todos fue que recogieron 31 millones de botellas de Tylenol a lo largo del país, con un valor de más de 100 millones de dólares. Los analistas de mercadeo y negocios pensaron que habían cometido un suicidio profesional, que habían matado a su corporación.

        Más tarde, periodistas hombres y mujeres, entrevistaron a los altos ejecutivos para comprender la fuente de tan radical decisión. De cada uno de los líderes se escuchó la misma respuesta. Robert Word Johnson, el fundador de la compañía, escribió el “credo” de la compañía cincuenta años antes y pidió que cada miembro de la organización lo aprendiera de memoria, lo viviera y actuara sobre ese credo. La primera línea dice “Creemos que nuestra primera responsabilidad es con los doctores, enfermeras y pacientes, las madres y los padres y todos los que usen nuestros productos y servicios”. El último parágrafo empieza con “Nuestra última responsabilidad es con nuestros socios…”  No había duda de cual tenía que ser nuestra respuesta, teniendo este credo que ha sido imbuido en nuestras mentes y corazones.

        Utilizo esta historia de negocios como un ejemplo sobre responsabilidad. En una época de reportes diarios en los periódicos sobre mala conducta corporativa, inescrupulosidad política prevaleciendo en muchos de nuestros países y aun la Iglesia misma cuestionada por su respuesta a la crisis sobre el abuso, encuentro esta historia extraordinaria. El final de la historia es que la compañía volvió a ganar todo el mercado para el producto Tylenol cuando recuperó la confianza del público. También se dio inicio al uso de los empaques sellados que hoy en día damos por descontados.

        ¿Cuál es el mensaje para nosotros los Siervos Misioneros?

       No estamos en los negocios, tampoco estamos para generar ganancias, pero si tenemos un “credo’ que nos legó nuestro fundador y que nos llama a la responsabilidad. Nuestra Regla de Vida debería ofrecernos la guía y a cada uno de nosotros enfoque y dirección. Somos misioneros que “encontramos las necesidades apremiantes del día”. “Nuestra misión específica es la preservación de la fe… entre aquellas personas cuya espiritualidad está descuidada y abandonada, con especialidad entre los pobres”. “Nuestro esfuerzo primordial es para desarrollar un espíritu misionero entre los laicos…”. “Tenemos un ardiente celo por los pobres…”. Promovemos y apoyamos las obras de los laicos. “Nosotros… llamamos a hombres y mujeres apostólicos… a ser asociados laicos”. Fomentamos un espíritu de familia.

         Este credo debe ser nuestra guía y debemos con constancia recordárnoslo unos a otros. En la historia corporativa la dirección conocía el credo, se consultaron unos a otros y eso fue decisivo. Nosotros en el Cenáculo tenemos la práctica de tomar consejo. ¿Qué pasaría si con regularidad tomáramos consejo unos con otros sobre asuntos personales, comunales y decisiones de la congregación en relación con la Regla? ¿Seríamos tan decididos? Se podría argüir que nuestra regla no está tan enfocada como tendría que estar. ¿Cuál es la primera prioridad? ¿Ser un misionero, los pobres y abandonados, la promoción de los laicos o el fomentar un espíritu de familia? La Declaración Misiológica de la “Metodología y Evaluación para Misión” proveniente del decimosegundo Cenáculo General, yo creo que nos ayuda a aclararlo.  

Declaración Misiológica:

El don que los Siervos Misioneros de la Santísima trinidad comparten con el mundo y con la Iglesia es la relación especial con el laicado – El Pueblo de Dios. Esta relación compartida es única para nosotros porque fluye desde nuestras raíces y de nuestra experiencia siendo parte de la Familia del Cenáculo Misionero. Es esencial porque nos da una identidad común y nos envía como misioneros. En el corazón de esta asociación, escogemos hacer de cada católico un apóstol para servir a los pobres y abandonados de nuestra sociedad, promocionando un ministerio compartido para extender el reino de Dios, para la preservación de la fe y para la transformación de la sociedad en la providencia diaria de nuestras vidas, allí donde servimos. (p8)

          Con el llamado de nuestro Consejo General a reinstalar la práctica del consejo en nuestros cenáculos, yo sugiero que empecemos con esa declaración y veamos si podemos ser ambas cosas, responsables y decisivos acerca de nuestro futuro juntos sin contar con el costo.